
Vía Página/12
Desde que Galileo enfocó su telescopio al cielo en enero de 1610 y pispeó los cráteres de la luna, los satélites de Júpiter, la sombra de Neptuno y el esqueleto mismo de la Vía Láctea, estas poderosas máquinas que extienden la visión humana más allá de sus narices no hicieron más que crecer: en tan sólo 400 años, evolucionaron indefinidamente, convirtiéndose en bestiales piezas ingenieriles del tamaño de edificios capaces de buscar fácilmente, y en forma directa, planetas alrededor de otras estrellas, estudiar sus atmósferas (y eventuales señales de vida), observar con mayor lujo de detalles las entrañas de las nebulosas, detectar mejor los efectos de los agujeros negros y así aminorar el silencio visual característico del universo.
Ver nota completa de Mariano Ribas en Página/12
©Gerardo Blanco. Este trabajo posee una Atribución-NoComercial-CompartirDerivadasIgual 2.5 Arg.. Por favor, atribuir a Gerardo Blanco,, y enlazar a el post original.









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