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16/2/12 - DJ:

La Bonanza del Delta

T.E.L: 7 min. 23 seg.

Estuve algunos días en el Delta del Tigre, disfrutando de su flora y fauna, así como de su cielo y de su gente.



Necesitaba una "desconexión". No de la realidad, sino de mi realidad. En todo caso, debía desconectarme de algunas cosas, hábitos, costumbres, y conectarme a otras, más favorecedoras de la relajación y el descanso.
Había pensado en un viaje a Cataratas (de noche) o en ir a Tandil. Pero luego pensé en el Delta. Pero quería sacar a pasear al telescopio, así que debía considerar la posibilidad de observar el cielo.
Así fue como, buscando, encontré Deltaventura.
De más está decir que el siguiente post no tiene ningún ánimo de lucro o publicidad encubierta. Me pasa lo mismo que a todos nos pasa: me gusta contar cuando lo paso bien y recomendar lugares por vivencias personales. Éste es el caso.
Ya desde la página web de Bonanza Deltaventura se nota que es un sitio apropiado para lo que buscaba, por ofrecer actividades como la cabalgata, trekking, remada, bicicletas. Pero además vi que Patricia Juárez, de Astroturismo, había estado allí mostrando el cielo, así que debía ser un buen lugar también para ello.

Me puse en contacto y finalmente reservé tres días y dos noches (entre el 13 y 15 de febrero). Y hacia allí fui, luego de embalar mi Sky-Watcher 80x400 en un bolso, llevar un trípode de fotografía, binoculares y una mochila con ropa, cámara de fotos, mp3, cargador, repelente para mosquitos y otras cosas.

Con todos los bártulos llegué a la Estación Fluvial de Tigre muy temprano y a las 9.30 embarqué en las lanchas de Jilguero hacia Bonanza. Junto a mi, un muchacho parecía ir al mismo lugar. Efectivamente, ambos bajamos tras una hora de navegación por el río en la mansión roja.
Alejandro, tal como descubrí que se llamaba cuando arribamos, se quedó allí hasta el viernes y compartimos varios momentos juntos.

Ni bien llegamos nos mostraron las habitaciones y nos ofrecieron de desayunar. Alejandro, me contó, tenía ganas de hacer remar, así que se dio el gusto rápidamente. Yo, en cambio, preferí comenzar con la novela "Crímenes imperceptibles" de Guillermo Martínez, que me atrapó rápidamente. Leí las primeras ochenta páginas en un par de horas.
Después, en la comodidad de una reposara, al borde del río, dormité un rato al son de pájaros y el sonido de las embarcaciones que cada tanto pasan por allí, seguidas de los ladridos de Ron y Yaguar, los perros del lugar. El primero, Ron, es un...mastodonte, de enorme porte, pero increíblemente tranquilo. El otro es una mezcla de labrador y salchicha, inquieto y cariñoso con sus cortas patas, enamorado de una perra vecina del lugar, Samba, de tipo Collie, negra y blanca.
En el sitio habitan también algunos gatos, aunque Peluca es la mimada. También un pavo y unas gallinas, así como una familia de gansos (aprendí que no eran patos).
Cuando el Sol pasaba por el meridiano, nos ofrecieron el almuerzo. Pastas, en ese caso. Canelones de verdura y ricota, al pesto, para mí.
A la tarde salimos a andar a caballo con Alejandro y otro tocayo suyo, empleado del lugar, encargado de los nobles equinos. Nos mostró a Isleño, un potrillito de pocos meses, y finalmente salimos, junto con Oscar, quien con su esposa habían estado allí unos días también. Montado en Flash, dimos la larga recorrida, divisando el paisaje, mientras el bello animal marrón paraba para comer de cuando en cuando. El trote me tuvo a maltraer un rato, hasta que me animé al galope, más elegante.
Cruzamos algunas nubes de mosquitos que parecían tigres voladores hambrientos y pude divisar un lugar que podría ser el más apto para la observación astronómica. Un sitio de pastos más bajos que, aunque rodeado a la distancia por árboles, permitía ver hacia los cuatro puntos cardinales, a pesar de el horizonte visible empezaba como a los 30º, al terminar las copas de los árboles. Sin embargo, ése sitio tenía una contra mortal en los mosquitos.
Ese lunes, cuando llegamos, la Luna era visible, alta y perdida en el azul del cielo como una nube semicircular. Volvería a encontrarme con ella, en cuarto menguante, cuando el lunes se transformara en martes y se dejase ver por el Este.


Con Alejandro decíamos el miércoles que uno allí no llega nunca a tener hambre. Te ofrecen de comer antes de que el estómago lo pida y el tamaño de las porciones es más que suficiente.
Luego de la merienda me bañé y empecé a preparar el teles. Se trata de un pequeño refractor, tubo corto, que aunque no posibilita ver muchísimos objetos, es muy transportable. Lo único que molesta llevar es la montura, de tipo AZ3 con cables de movimiento fino. Lo he usado en Buenos Aires con un trípode de fotografía, pero me resultó incómodo e inestable, así que preferí llevar la montura aunque fuese un bártulo más.
Así pude ver y mostrar a los demás a Venus y Júpiter después de la puesta del Sol. También pudimos ver, antes de la cena, la nebulosa de Kappa Cruz. Luego de las empanadas y la calabaza rellena con ratatouille, llevé el telescopio, que estaba en el muelle, más hacia el Este, en un lugar que si bien no posibilitaba ver todo el cielo me resultó el más cómodo.

Aquí, cerca del tractor, por donde pasean los gansos, encontré que era un buen lugar. De frente está el Este.A la izquierda el Norte y a la derecha el Sur desde donde se notaba más iluminación del centro.

Allí me esperaba Marte para mostrarse rojo como siempre, al igual que Betelgeuse, hacia el norte. Divisé la mancha de M42 en el ocular con varios aumentos (llevé una barlow 2x, y oculares Súper de 6, 10 y 25mm). El refractor es de acromático, no APO, así que tiene su aberración, sobre todo con mucho aumento, notable sobre todo en la Luna.
Nuestro satélite natural empezó a mostrarse a la medianoche, entre nubes y árboles, mientras yo intentaba divisar dificultosamente a Omega Centauri. Aunque el cuarto menguante ilumina bastante, es un buen momento para observar el terminador y dar cuenta de los cráteres y su profundidad. La Luna estaba allí, subiendo raudamente en el cielo para mostrarse ante mí. Sólo para mi, en una noche repleta de estrellas. Y, sin embargo, para mucha gente, son objetos imperceptibles, como los crímenes de la novela de Martínez. Un poco por la contaminación lumínica. Pero no sólo por eso.


El martes a la mañana tuve la infeliz idea de salir en bicicleta. Varios factores se unieron para que fuese fatal. El Sol picaba más que los mosquitos, aunque en una parte del trayecto diría lo contrario. No llevé agua. Y mi estado atlético es deplorable. Hice el recorrido de los caballos, pero en sentido inverso. Estuve como hora y media pedaleando y descansando de a ratos. Llegué exhausto.
Habíamos conocido a una pareja de chilenos (Pancho y su novia) y ellos junto a Alejandro salieron a remar. Aproveché a darme un chapuzón en el río.
El resto del día lo dediqué a continuar leyendo la novela de los asesinatos en serie y recuperando mis piernas del esfuerzo. Francisco y su novia se fueron a la tarde y no alcancé a registrar su mail o página de Facebook.

Cuando caía el Sol, Rosana, la dueña del lugar, nos propuso hacer una caminata. Fue larga, algo más de hora y media, y recorrimos la zona mientras nos contaba la historia del lugar, su flora y su fauna. Debo decir que el lugar sin Rosana no sería el lugar maravilloso que es. Además, las empleadas del lugar (también muy bonitas, atentas y divertidas) hablan muy bien de ella como persona y empleadora.

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Alejandro, Rosana y quien escribe, momentos antes de mi despedida.

La caminata con Rosana fue una de las cosas que más disfruté. Nos gusta a los turistas conocer las historias del lugar, en este caso del Delta de Tigre y sus transformaciones a lo largo del tiempo. Nos acompañaron los perros en la caminata que parecían disfrutarlo tanto o más que Alejandro y yo. Incluso, al llegar a la laguna grande, se metieron a nadar en ese espejo tranquilizador de las aguas. Pero no nos detuvimos mucho allí (aunque Rosana nos contó que sí suele hacerlo) porque los mosquitos asediaban fuertemente.
Luego volvería a la laguna, a remo.


Esa noche estaba muy cansado. Pero no quería quedarme sin volver a mirar el cielo, que para eso había ido, entre otras cosas. Sin embargo, descubrí que Ale tocaba el bansuri. Había escuchado un sonido de instrumento de viento, pero incluso pensé que era un equipo de audio, una grabación. Luego de bañarme lo volví a escuchar y ya me di cuenta que venía de la habitación de Alejandro. Así era y tocó para mi y luego para Rosana. Un sonido especial, mezcla de sonidos indios y del norte argentino. Conversamos un buen rato tras la cena y luego salí a observar puntualmente algunos objetos que no había podido ver la noche anterior. Las pléyades y las Pléyades del Sur son joyas que no pueden dejar de mirarse con admiración. Si con los binoculares ya se notan bien, con el teles son mucho más nítidas, como joyas en un tapiz. De hecho, entre el Joyero y las Pléyades del Sur hay varias cajitas estelares, incluso con algo de nubosidad.

Entre la Luna y Marte, siguiendo la Eclíptica creí encontrar a Saturno, pero no estoy del todo seguro que lo fuera, aunque por la posición debía ser.

Junté todo y me fui a acostar. No tenía sueño, pero sí estaba muy cansado. Leí un par de capítulos más de la novela que no favorecía el sueño, sino que por el contrario invitaba a seguir leyendo. Quería dormir un rato para luego salir a ver el amanecer. Me desperté como a las 7.30. Luego del desayuno salí son Stephane a remar. Stephane vino de su Francia natal a América Latina, conoció a su actual mujer en Mendoza y se enamoró de ella y del país. Remamos hasta la laguna grande, aquel espejo de agua que antes mencioné, artificial, creado por la familia que manejaba una conocida cervecería. Y volvimos.
El resto del día lo pasé leyendo. Terminé la novela y pensé que había una similitud entre los crímenes imperceptibles de Martínez y la infinidad de mundos que no vemos y que componen el nuestro. Están allí y son increíbles, como una libélula haciendo equilibrio sobre un hilo. Como las historias de vida de las personas con sus viajes y vivencias.


Quise aquí registrar estos momentos para dar cuenta que no me fueron imperceptibles. Para exigirme que no vuelvan a serlo. Y para agradecer a toda la buena gente de Deltaventura por su bondad y sentido ecológico del turismo. Ojalá que continúen (que continuemos) teniendo Bonanza.

Nota: La imagen inicial es similar a millones de otras fotos de un Sol poniéndose en el Oeste reflejado por el agua. Empero, yo ahí veo también un cúmulo de soles, como Pléyades de río...

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