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16/6/12 - DJ:

¿Nullius in verba?

T.E.L: 7 min. 20 seg.

El lema de la Royal Society ¿qué nos dice de nuestro proceder en la vida cotidiana?




Algún lector habrá observado que en la columna derecha, abajo, de este blog figura el lema "Nullius in verba" adoptado por la Royal Society of London for Improving Natural Knowledge (RS, para abreviar).

¿Qué significa tal frase?
Se ha traducido como "en las palabras de nadie". También hay quienes interpretan la frase como "nada en las palabras". Esta segunda traducción puede sugerir que las palabras no cuentan, que no significan nada, que están vacías de contenido. Lejos estoy de semejante interpretación Gorgiana.

"En las palabras de nadie" es una interpretación más ajustada a mis ideas, pero es necesario reformular (con más palabras) el concepto, para desambiguarlo.

La frase proviene de las Epístolas de Horacio Quinto Flaco (Libro I, 14) en cuyo texto se compara a sí mismo con un gladiador que, habiéndose retirado, es libre de cualquier control. Establece su independencia de los dogmatismos de cualquier secta filosófica.

La frase particular es "nullius addictus iurare in uerba magistri". Addictus es un término jurídico (viene de la additio) para referirse a la esclavitud por deudas.

Horacio no se "cobija bajo ningún techo", en el sentido de ampararse en dogmas sectarios, no está "obligado a jurar la fórmula de ningún maestro".

Esto no implica que las palabras no tienen valor o que no transmiten ideas. En cambio se refieren al principio de autoridad por el cual una idea se acepta sólo por el hecho de estar afirmada por una supuesta autoridad, un ente que no se discute, un "dios", un "saber superior indiscutible".
Frente a un magister dixit no habría nada que decir, ya que implicaría necesariamente una verdad.

Para la RS, así como para quien escribe, eso es una falacia. Que la fuerza de gravedad es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia es cierto por el peso de las evidencias y no porque lo haya dicho Newton.

Que Newton, Einstein, Hawking hayan sido o sean genios no implica que todo lo que digan será cierto. Incluso, si lo que dicen es cierto, no adoptaremos ese valor de verdad porque lo señalaron estos genios, sino sólo si los datos de la realidad concuerdan con sus teorías.

En ese sentido podría interpretarse la idea como que "a las palabras se las lleva el viento" (verba volant). Las ideas, expresadas en discursos, pueden ser muy bonitas, pero si no están sostenidas por los datos, no tendrán validez. Esto, claro, dentro del marco del conocimiento científico. Es similar al "res, non verba".

Es menester, antes de continuar, aclarar que, incluso en el ámbito de la ciencia, desde lo epistémico, lo anterior puede ser criticado. Frente a un mismo conjunto de datos, hay interpretaciones distintas y, sin embargo, por diversas cuestiones (que no siempre son científicas, sino también políticas, económicas, sociales, culturales) se generan consensos que pueden ser discutidos. Las interpretaciones sobre el "cambio climático" son un ejemplo de esto.

Pero incluso considerando esas disquisiciones, está claro que, dentro del pensamiento científico, los argumentos que apelan a la autoridad son considerados falaces.

Pero ¿qué pasa fuera del ámbito científico?
Aquí es donde me quiero detener. Quiero centrarme en cómo se da esto en la vida cotidiana.

En nuestra vida cotidiana (y esto incluye a los científicos) realizamos determinadas tareas, tenemos algún tipo de conocimiento, pero no sabemos todo acerca de todo. Necesariamente, por esta división de tareas de la sociedad, debemos acudir a otros. Así, vamos al médico, al odontólogo, al carpintero, etc.
Sin embargo, hay médicos mejores y peores. Hay "expertos" en cualquier índole que nos darán confianza y otros que no. No acudimos al primero que se nos cruza, tratamos de distinguir entre los que sean más idóneos, éticos, etc.

Confiamos en otros. No ya en nuestra propia experiencia, sino en la de los demás. Y lo hacemos a través de palabras, discursos, "imágenes" que tenemos del prójimo.

Alguien dice: "Marte se acerca a la Tierra y se verá tan grande como la Luna". Un lector podrá tener conocimiento sobre el movimiento de los planetas, pero no todos. Algunos tratarán de establecer si eso es cierto o no, pero ¿cómo lo harán? ¿Acaso, si sostenemos el Nullius in verba, pretendemos que el ignoto trate de verificar empíricamente tal afirmación? No lo hará, no tiene los medios. Deberá "confiar" en otros, de la misma manera en que Ud. confía en su odontólogo.

¿Cómo hacemos eso, cómo transferimos esa confianza?
Ciertamente cuando vamos al dentista, no aplicamos el "Nullius in verba", al menos no de la manera citada antes. ¿Hacemos lo opuesto?

Pienso que no hacemos lo contrario, sino algo distinto, una suerte de "in verba quidam", ya que confiamos en las "palabras de algunos".

En nuestra vida cotidiana no nos atenemos exclusivamente a los hechos empíricos, confiamos en otros discursos. Otro ejemplo: "Apophis chocará con la Tierra a fin de 2012". Una persona, ante ese anuncio, podría ir al sitio de NASA/NEOs y "verificar" que Apophis en todo caso se acercará a nuestro mundo en 2029 (y 2036). Pero ¿es eso una "verificación" en el sentido de "nullius in verba" o está tomando por cierto un discurso? Está haciendo lo segundo, damos por cierto, por válido ese discurso. ¿Tiene coronita ese discurso sobre otros? Sí, está realizado por expertos que merecen nuestra confianza.

¿Pero es que acaso confiamos en algunos, con nombres y apellidos? Más que en confiar en personas, confiamos en métodos y, en todo caso, en instituciones. Que también es decir que trasladamos nuestra confianza a prestigios, es decir, a la historia.

LOS PROBLEMAS DE LA CONFIANZA CIEGA
Sin embargo, esta confianza en terceros no es ciega es muchos casos, y sí lo es en otros.
Si vamos a un médico que nos resulta de confianza, que atiende en una institución médica prestigiosa, que obtuvo su diploma en una universidad de renombre, pero no acierta con un buen diagnóstico, si notamos que rápidamente nos receta un medicamento sin habernos revisado, es posible que empecemos a desconfiar.

Podríamos depositar nuestra seguridad en laboratorios, agencias o en reputadas Universidades del mundo y, sin embargo, desconfiar de ciertos estudios enunciados. Por citar algunos ejemplos recientes: uno podría confiar en la revista PLoS ONE, en el Monell Chemical Senses Center, pero también podríamos poner en duda los resultados de un estudio sobre los "olores de la edad" al considerar que no sólo se trata de percepciones sensoriales subjetivas, sino que el experimento se realizó con tan sólo 41 participantes.

Esto no significa que posteriores estudios, más amplios y detallados puedan llegar a conclusiones similares y obtener así mayor solidez, pero sí que estos resultados habría que tomarlos "con pinzas".

Por cierto, el estudio fue divulgado por medios masivos, por ejemplo así: "Un estudio científico echa por tierra el mito que asegura que existe el "olor a viejo" en La Capital de Rosario.

Nótese que, al margen de lo dicho en esa nota, yo pude llegar al estudio específico, completo, publicado en el journal.

Otro ejemplo:
Uno podría confiar en la Universidad de Leicester, sin embargo podríamos tener reparos ante títulos como este:
"Los perros se parecen a sus dueños… más de lo que se creía" y en inglés en The Globe and Mail.

La Universidad de Leicester daba cuenta del estudio en su sitio web.

[ironía: on]Por suerte existen estos estudios. Yo pensaba que Bush debía ser una buena persona porque sus mascotas eran dos dulces terriers escoceses, Barny y Beazley...(Ver video)
[ironía: off].

UNA CUESTIÓN DE CONFIANZA
Para el DRAE, Confianza es "Esperanza firme que se tiene de alguien o algo".

J. L. Orihuela indicó hace poco que: "He aprendido que la confianza (no el resentimiento, la envidia, la sospecha, ni la venganza) es lo que nos hace avanzar, lo que nos impulsa a crear, a cambiar y a innovar. La confianza es el aceite de nuestras relaciones (personales, sociales y profesionales), y es también el lubricante de los mercados".

Yo no puedo decir lo mismo. Hay confianzas fundadas y esperanzas ciegas. Cierto, nos es imposible vivir en permanente desconfianza en una sociedad. Debemos, necesitamos confiar en otros. Pero tengamos cuidado en dónde depositamos esa sensación. Si un tema nos importa mucho, busquemos información, obtengamos conocimiento, acudamos a los expertos, discutamos con otros. No nos quedemos sólo con los argumentos de autoridad.

No nos queda otra que confiar en discursos ajenos. Pero no nos quedemos sólo con las palabras. Seamos exigentes. Evaluemos los modus operandi, en particular si las afirmaciones son grandilocuentes.

¿Cuál es el motivo de este discurso?
Como en otras ocasiones, muchas veces plasmo aquí ideas, en general con modalidad interrogativa, sobre temas diversos y por motivos diferentes. Estos textos suelen desencadenarse por situaciones particulares, pero normalmente apelan a ideas generales y no sólo coyunturales.

En el ámbito de la política argentina, desde diferentes sectores de poder se realizan declaraciones o actos en los que se apela al principio de autoridad. Recientemente aquí señalé que me parecía una falacia el decir que estamos frente a un escenario de menor libertad en Argentina porque no se pueden comprar dólares. Sin embargo, eso no significa que haya que avalar las medidas de restricción sin saber por qué se realizan. Incluso en ámbitos de lo más obsecuentes no se puede responder esa inquietud. ¿Por qué defender una medida si uno no la entiende?
Por suerte, hay excepciones y periodistas que, al margen de tener posiciones oficialistas, se animan a preguntar, aunque no obtengan respuestas.

Por otro lado, se realizan pronósticos económicos-políticos tremendistas, sólo basándose en la impunidad de poder decir cualquier cosa.

Una confianza lúcida
En definitiva, aquel motto de la RS tiene sentido en el ámbito científico, pero en la vida diaria, es inaplicable. Quizás convenga generar otros conceptos, o deconstruir los ya existentes, como el de confianza. El Dr. en filosofía José Andrés Murillo (chileno él, con una historia particular que vale la pena conocer), ha escrito un libro sobre lo que llama la "Confianza lúcida". El chileno es también director de la Fundación para la Confianza y uno de los denunciantes del caso Karadima.

Dada la referencia, se me ocurre que el problema de la confianza ciega es que existen abusadores de nuestra fe. Hay quienes escriben teorías con garabatos ilegibles, números y supuestas "leyes", que utilizan aparente "jerga científica", sólo para engañar a los de "confianza ligera". En España a los primeros les dicen "Magufos", aunque hay discusión sobre el uso del término.

Estos delincuentes de la razón escriben cosas como la que se ilustra debajo, para tratar de "demostrar" que saben qué es la materia oscura!.



Y ante enunciados como este, así como frente a afirmaciones de ciertos políticos, de algunos medios de prensa, yo no noto diferencias importantes. Es "engañapichanga".

El problema, frente a este tipo de dichos, no está sólo en el emisor (el chancho), sino también en la audiencia (aquellos que les damos de comer). Hagamos uso de nuestra confianza lúcida y en este sentido, no nos dejemos engañar por sofismas.


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